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Catandur

La universidad

Mamón

 

Desde que tengo uso de razón recuerdo tener a mi lado a Lacueva. Incluso desde antes, pues toda mi vida ha pasado junto a él. Un día hicimos los cálculos, 27 años hace que nos conocemos. Solo dos años estuvimos separados: desde que nacimos hasta que entramos en la guardería. Es como mi sombra, mi hermano, mi amigo. Un mamón que está junto a mí aunque no lo esté físicamente. Algo así como la enamorada que echa de menos a su amado muerto y lo siente junto a ella siempre. Pero sin enamoramiento ni muerte de por medio. Simplemente somos amigos. Muy amigos. Entre otras cosas porque vivimos juntos nuestro periodo escolar en el semi-internado de Ríolete; y compartimos universidad y carrera. E, incluso, después de la carrera, nuestra amistad siguió fuerte, aunque con los lógicos intervalos.

 

Durante mucho tiempo, cada vez que me veía, me decía:

 

-Killo, estás más gordo.

-¿Quién fue a hablar?- era mi respuesta, aunque mi amigo nunca había estado tan gordo como yo. Es más, durante su estancia de ERAMUS en Italia, a base de pasta y cerveza -más de cerveza que de pasta- llegó a perder 15 kilos. Desgraciadamente para él, su estancia fue corta. Al mes lo encontraron en el suelo de la ducha en la residencia de estudiantes, y lo devolvieron para Cádiz. Pero no se asusten, no fue el alcohol, ni la perdida de masa corporal. Se desmayó del dolor por un problemilla en sálvense las partes.... traseras.

 

Pero últimamente, el encuentro ha cambiado las tornas. Ahora soy yo el que le dice que está más gordo, mientras él me mira, buscando decirme que estoy más gordo sin poder, y acaba con un simple:

 

-¡mamón!

 

Lacueva, o el visir de Cádiz, fumaba ducados. Uno tras otro, sin descanso. Y bebía. Desde que entró en la tuna, sobre todo, comenzó a beber más, aunque nunca le vi borracho. Cosa que si ocurrió al revés. Además, tenía problemas de corazón. Todo eso unido provocó que su medico de cabecera le dijese que tenía que cambiar de hábitos de vida. Solo así, le dijo, llegaría a superar los 30. Y no los ha superado. Pero está dispuesto a hacerlo, así que ha dejado de fumar, cambiando los cigarrillos por los frutos secos. Y su cuerpo ha esponjado... y su cabeza. Una enorme y rubia cabeza, que ahora se adorna con una dorada barba. Cada día se aleja más de Abderraman III (gracias al que tomó su nombre de guerra) para parecerse a un hibrido de Papa Noel con el rey Melchor.

 

Pero, pese a todo, el Visir sigue siendo el mismo de siempre. Bonachón, simpático y cercano a todos. Hablar de Lacueva sería diferente. Lacueva era más tímido. Se escondía detrás de mí. No sé si por complejos, o por miedo a la gente. Lo cierto es que la tuna lo cambió. Para mejor. Aunque, a veces, uno llega a pensar que, como él mismo diría, le falta un hervor.... ¡mamón!

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La universidad

 

Al terminar mi periplo en Ríolete di el salto a la Universidad. Como supondrán, mi expediente no me dejaba mucho donde elegir, pero eso no era problema. Tenía muy claro lo que quería estudiar desde hacía mucho tiempo. Estoy seguro que no tengo que decirles cual fue mi decisión, ya les he dicho que preparo oposiciones y que esto que ahora escribo los hago entre temas de derecho administrativo. Con esos datos ya habrán supuesto, sin equivocarse, que estudié Historia.

Mis padres me pagaban la carrera de Periodismo en una privada de Madrid, me mandaban a Londres o a la Conchinchina con tal de que no estudiase Historia. Pero yo, erre que erre... ¡cuantas veces me habré arrepentido! Bueno, lo cierto es que pocas veces. Si en el colegio me lo había pasado muy bien, la Universidad no lo fue menos. Sobre todo teniendo en cuenta que junto a mí tenía a mi amigo Lacueva. Por alguna extraña razón (tal vez la forma de vestir, venir del mismo colegio, ir juntos desde el primer momento) todos nuestros nuevos compañeros pensaron que éramos hermanos, aunque nos llamábamos igual (como se imaginaran ni yo me llamo Cathan ni el José, los derechos de autor, ya saben) y nos apellidábamos diferente.

Aún así, pronto hicimos amistades: Santón, PPmix, el Negro, Atalaya, el Nazi... un grupo muy heterogéneo, que acabó siendo la base de la nueva tuna de la facultad, aunque yo no llegué a entrar en ella, no podía renunciar a mis principios y, además, si lo hubierá hecho no hubierá podido reirme de ellos. Pero lo mejor de todo fue que tanto Lacueva como yo dejamos de ser los pardillos de la clase. En aquel lugar todo el mundo era raro, habían sido los idem de sus respectivos colegios. Gente extraña que prefería juntarse a hablar de la toma de Roma por los godos que de el último partido de fútbol. Aunque, para ser fieles a la verdad, hemos de decir que Atalaya y yo solíamos acudir al Carranza cada domingo.

Juntos conocimos la verdad de la Universidad: muchas horas en aquel recinto, mucho estudio (ahora si estudiábamos porque lo que hacíamos nos gustaba, y porque estábamos en primero), las primeras decepciones con el sistema universitario, las huelgas, los exilios por falta de aulas, los malos profesores, los suspensos injustos, horas encerrados en clases en las que no se aprendía nada.... Y, por fin, en segundo de carrera, las ideas utópicas: crear una revista de historia, soñar con superar las aulas y ver nuestras ideas en papel, organizar congresos, conocer a grandes historiadores.... Y así nació Utopía, nuestra revista de Historia, de 8 paginas fotocopiadas y grapadas por nosotros mismos.

Pero tuvimos un problema: con Utopía y con la tuna, con Lacueva convertido en el Visir y con Chetos transformado en Dursselev de Utopía, habíamos vuelto a ser los raros de la clase. Pero, al menos, habíamos descubierto el mayor secreto del historiador: junto a una botella de manzanilla o de absenta toda la Historia se aprendía mejor, y las musas del tiempo pasado llegaban antes. Y, lo que es mejor descubrimos que junto a una botella los hombres aparecían como lo que eran y, como dijo Willand en El manto blanco, casi todos mis nuevos amigos “sabían beber felices, eran buenos hombres”

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